PROEZAS DE LA INFRALITERATURA

Desde la ventana

domingo 16 de septiembre de 2007

(Encontrado en un cuaderno de 4º de la ESO)

El último cráter de la Luna se disuelve sobre la ciudad, por lo que entramos en una nueva mañana de otro lunes invernal más de nuestras vidas. Los rayos de un sol tímido resbalan entre los coches, trabajadores y demás urbe como si fuesen peces voladores liberándose del mar que les corroe y aprieta y creando ese resplandor de los días despejados que dan una nota positiva a nuestra agónica vida. La abrumadora armónica del afilador chirría y la gente sale de sus casas con los ojos ensangrentados pidiendo la hora de volverse a la cama para poder volver a soñar ser aquellos ojos de aquella vida que siempre quisieron vivir. Las puertas de los escaparates se alejan del suelo para que la sociedad de consumo se consuma en sus sueños e ilusiones y los alumnos pululan por los bancos de las aceras entre sus cigarros, libros, cuadernos y amigos remoloneándose porque en pocos minutos la dura rutina del gris instituto les volverá a esclavizar una vez más. Todo el mundo a la misma hora toma el coche y como si estuvieran en época de transumancia, todos al mismo tiempo al trabajo: semáforo verde, acelera; semáforo rojo, frena; semáforo verde, acelera; semáforo rojo, frena; llegamos al trabajo, no hay sitio para aparcar, todos a dar vueltas hasta que uno se vaya o a pagar parking un día más.

La vida sigue, porque debe seguir. Los tubos de escape de las fábricas vuelven a expulsar su aliento infernal, los teclados de los ordenadores portátiles de los ejecutivos importantes vuelven a ser útiles y la escoba de la ama de casa vuelve a rastrear el suelo en busca de polvo y pelusa. Nadie puede parar este ritmo porque es la ley de los tiempos que corren.

Un soplo de viento procedente de la sierra consigue infiltrarse en la ciudad sin ser descubierto por los guardianes contaminantes. Es limpio, fresco, con olor a nieve recién caída y camina y revolotea y juega en las azoteas, para luego bajar a la carretera y correr a la velocidad de los coches que la impulsan hacia los balcones más altos de un edificio antiguo y ruinoso hasta conseguir desordenarme el pelo desordenado. Sentado en la ventana de mi habitación miro el vacío, en silencio

Artículo sobre traducción

domingo 9 de septiembre de 2007


TRIBUNA: LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA

Traducciones, 'pachinkos' y karaokes

Miguel Sáenz

ILMA RAKUSSA, nacida en la antigua Checoslovaquia, educada en Budapest, Liubliana y Trieste, traductora al alemán del francés, el serbocroata, el ruso y el húngaro, profesora en Zúrich y, sobre todo, poeta, dijo una vez que si la traducción no fuera una aventura habría renunciado a ella hace tiempo. Yo estoy de acuerdo, pero habría que puntualizar que, muy saint-exuperianamente, se trata siempre de una aventura interior.

El traductor es un ser que vive en un mundo poblado de fantasmas y pasa mucho tiempo frente a su ordenador, lo que hace que, inevitablemente, reflexione sobre su quehacer. En los últimos tiempos se ha escrito tanto sobre la traducción en España, que hay que preguntarse cuándo encuentran los traductores tiempo para traducir. Y las metáforas que describen su ocupación proliferan. Una de mis favoritas fue muchos años la del imitador de voces bernhardiano: el traductor es un artista capaz de imitar cualquier voz, salvo la propia. Luego me fascinó la imagen del intérprete musical, que explica muchas cosas de ese proceso misterioso, mezcla de inspiración y habilidad. Recientemente he llegado a la conclusión de que la traducción se parece al karaoke. El traductor canta las canciones de sus ídolos, disfrutando de cinco minutos de fama y sintiéndose artista.

Placer solitario se la ha llamado..., pero traducir hace también que el traductor conozca gente, sobre todo a esos seres absurdos llamados escritores. Mi escala en materia de relaciones traductor-autor oscila entre el cero absoluto, cuyo prototipo fue Thomas Bernhard (el traductor es un ser incompetente que hace un trabajo merecidamente mal pagado) y Günter Grass, para quien sus traductores son, como ha dicho a veces, la verdadera razón para seguir escribiendo. Entre ambos extremos yo situaría a Salman Rushdie, que jamás se inmiscuirá en las traducciones de sus libros pero responde en veinticuatro horas cualquier consulta... Rushdie escribió sobre Hitoshi Iragashi, su traductor japonés asesinado: "La traducción es una especie de intimidad, una especie de amistad, y por eso lloro su muerte como lloraría la de un amigo". El resto de los escritores se sitúa a alturas diversas. Un DeLillo, por ejemplo, estaría cerca de Grass; un Kundera, más próximo a Bernhard, aunque con pretensiones de entender de traducción.

Probablemente, los casos más desesperados son los de los escritores que conocen el idioma al que son traducidos, pero no lo suficiente. O, peor, los de aquellos que tienen esposos/as, discípulos/as, familiares, amantes, etcétera, "nativos". Éstos suelen considerarse autorizados a meter baza, sin darse cuenta de que para traducir no basta conocer dos idiomas sino que hay que saber tender puentes entre ellos. Hay autores que han hecho enloquecer literalmente a su traductor: Robert Coover, Anthony Burgess...

No obstante, aunque, como es lógico, siempre he tomado partido por los traductores, últimamente empiezo a entender también la angustia del escritor vertido a un idioma que desconoce. ¿Cómo puede saber que no está siendo ridiculizado, trivializado o simplemente destruido? Dos testimonios recientes parecen evidenciar ese terror: el de Lawrence Norfolk (Ser traducido o el pelo de la Virgen) y el de J. M. Coetzee (Hablando en varias lenguas).

¿Es la traducción realmente un karaoke? Quizá tenga más de pachinko, ese juego japonés de bolitas brillantes que, lo mismo que las palabras del traductor, se lanzan al espacio para que encuentren -o no- su acomodo. ¿Es traducir un juego de azar tan adictivo que puede permitirse el lujo de recompensar con chucherías a quien lo practica? En las salas de pachinko el ruido es indescriptible; en la habitación del traductor puede resultar atronador el silencio.