(Encontrado en un cuaderno de 4º de la ESO)
El último cráter de la Luna se disuelve sobre la ciudad, por lo que entramos en una nueva mañana de otro lunes invernal más de nuestras vidas. Los rayos de un sol tímido resbalan entre los coches, trabajadores y demás urbe como si fuesen peces voladores liberándose del mar que les corroe y aprieta y creando ese resplandor de los días despejados que dan una nota positiva a nuestra agónica vida. La abrumadora armónica del afilador chirría y la gente sale de sus casas con los ojos ensangrentados pidiendo la hora de volverse a la cama para poder volver a soñar ser aquellos ojos de aquella vida que siempre quisieron vivir. Las puertas de los escaparates se alejan del suelo para que la sociedad de consumo se consuma en sus sueños e ilusiones y los alumnos pululan por los bancos de las aceras entre sus cigarros, libros, cuadernos y amigos remoloneándose porque en pocos minutos la dura rutina del gris instituto les volverá a esclavizar una vez más. Todo el mundo a la misma hora toma el coche y como si estuvieran en época de transumancia, todos al mismo tiempo al trabajo: semáforo verde, acelera; semáforo rojo, frena; semáforo verde, acelera; semáforo rojo, frena; llegamos al trabajo, no hay sitio para aparcar, todos a dar vueltas hasta que uno se vaya o a pagar parking un día más.
La vida sigue, porque debe seguir. Los tubos de escape de las fábricas vuelven a expulsar su aliento infernal, los teclados de los ordenadores portátiles de los ejecutivos importantes vuelven a ser útiles y la escoba de la ama de casa vuelve a rastrear el suelo en busca de polvo y pelusa. Nadie puede parar este ritmo porque es la ley de los tiempos que corren.
Un soplo de viento procedente de la sierra consigue infiltrarse en la ciudad sin ser descubierto por los guardianes contaminantes. Es limpio, fresco, con olor a nieve recién caída y camina y revolotea y juega en las azoteas, para luego bajar a la carretera y correr a la velocidad de los coches que la impulsan hacia los balcones más altos de un edificio antiguo y ruinoso hasta conseguir desordenarme el pelo desordenado. Sentado en la ventana de mi habitación miro el vacío, en silencio
