Por todo lo que ha ocurrido recientemente en mi pueblo, Alcázar de San Juan, voy a relatar una leyenda que ocurrió aquí y que me cuenta mi abuela de vez en cuando. (Todos los diálogos y los hechos menos esenciales me los he inventado yo)
La Luna ilumina el camino hacia la quintería de Villacentenos en una noche de febrero y su luz se pierde entre las hojas de los olivos y la cebada.
-¡Buf! ¡Qué de noche se nos ha hecho!- gritó Juan.
-Encima que te has entretenido con la siembra no te quejes.- le reprochó Antonio.
-Pero si no nos quedaba nada para terminar.
-¿Que no nos quedaba nada? ¡Mira lo tarde que se nos has hecho! ¿Por qué siempre quieres quedar bien con el patrón?
-Sólo quiero hacer bien mi trabajo.
-Sí, pues la próxima vez te vas a quedar tú solo trabajando.
-Pero a ver, Antonio, ¿tanto te cuesta quedarte un rato trabajando?
-¡Pero que rato ni que ocho cuartos!
-No me grites que te estoy hablando bien.
-Te grito cuando me da la gana, Juan.
-Eres un maleducado.
-Y tú un tonto las narices.
-No me insultes...
-¿Que no te insulte dices? ¡Vete a tomar por saco! Estoy hasta las narices de que siempre quieras quedar bien con todo el mundo, que todo lo quieras hacer mejor que el resto de la gente y que siempre me quieras dejar mal.
Antonio le hace la zancadilla a Juan y éste termina con la cara dentro del barro.
-¡Ahí te pudras!- le grita Antonio. Juan agarra uno de los pocos cantos que hay por la vega y desde el suelo se lo tira a Antonio abriéndole una brecha en la cabeza.
-¡Aaahhh! ¡Te vas a enterar!- Antonio le empieza a dar patadas en la barriga. En un descuido Juan se incorpora un poco y le asesta un puñetazo en la barriga.
-¡Se acabó todo para tí, Juan!- Antonio le pega una patada en la cabeza y con el canto que le había tirado se la empieza a golpear.
-¡Ahh! ¡Para Antonio! ¡Para!
-¡Muere piltrafa! ¡Muere!- gritaba Antonio con los ojos casi en blanco y con la sangre que le brotaba desde la brecha corriendo por su cara. Mientras tanto, Juan, en sus últimos estertores y en el delirio de su agonía, lanzó una conjura.
-¡PONGO POR TESTIGO A LA LUNA DE MI MUERTE!
En Villacentenos los campesinos bailaban jotas al calor de una fogata mientras cenaban un poco de chorizo con pan y daban tragos de vino. A lo lejos se escuchó a una voz que gritaba. Era un hombre con una brecha en la cabeza, con la ropa rasgada y que parecía cansado.
-¡Venid, venid! ¡Que Juan se ha caído de un olivo y se ha matado!
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Un Sol mañanero de junio pasa lista por los tejados de Alcázar de San Juan. Las campanas de Santa María doblaban por el nuevo matrimonio. Antonio se acababa de casar con Fulgencia y preparaban su luna de miel en Toledo.
En un atardecer mientras caminaban cerca de la catedral de Toledo, la Luna se dejó ver un poco. Antonio se quedó observándola pensativo y con una media sonrisa.
-¡Jajajaja! A la Luna que dejó por testigo. ¡Qué estúpido este Juan!- dijo Antonio para sí mismo.
-¡Ay qué pena! ¡Pobre Juanito! ¡Con lo bueno que era! ¿Qué es eso de que dejó a la Luna por testigo?- Le preguntó Fulgencia.
-Errmm... Siempre solía decirlo.
-¡Ay qué pena, con lo buenecillo que era! ¡Pobrecico! ¡Qué forma de morir!
-Pero si era un pintamonas.
-¡Tú siempre le tuviste envidia!
-Mira Fulgencia, gente como él no es necesaria en este mundo.
-Ya podrías tomar ejemplo. Él sí que era un hombre trabajador.
Antonio giró la cabeza hacia el lado contrario de donde estaba su mujer y se dijo para sí mismo “Sí sí, pero que gritaba como una niña”.
-¿Cómo que gritaba como una niña? ¿Acaso lo viste de morir?
-Pues sí, fui yo el que lo mató, ¿algún problema?
-¡Ahhh! ¡Eres un asesino! ¡Ahh!- los gritos de Fulgencia se escucharon por todas partes. Antonio la agarró, la estampó contra una pared y le tapó la boca.
-Mira Fulgencia, ahora ya lo sabes, que sepas que como se entere alguien tú te convertirás en la esposa de un ajusticiado. Y eso no es lo que quieres, ¿no?- Fulgencia muy asustada dijo que no con la cabeza.
Agosto se iba agotando y Fulgencia fue a casa de su madre para hablar un rato con ella.
-Madre, le tengo que pedir un consejo. ¿Se acuerda usted de Juan...
Quedaba poco para que terminara agosto y la madre de Fulgencia se encontraba charlando con sus hermanos Paco y Pascual en la Plaza de España.
-El patrón está buscando a alguien para sustituir a Juan. ¡Qué pena de muchacho!- se quejaba Paco.
-Sí, ¡qué pena! Con lo que le hizo Antonio...- dijo la madre.
-¿Qué le hizo Antonio?- Se preguntó Pascual.
-Errrmm, mirad, esto no se contéis a nadie pero...
Llegó el 3 de septiembre y hubo un baile en la Plaza de España para dar comienzo a las fiestas. Paco y su amigo Manolo se pasaron un poco con el vinillo.
-Chist, Manolo, ¿a qué no sabes la última?
Manolo fue el 4 de septiembre a la corrida de toros con su hermana Juliana.
-Julianilla, no le cuentes nada a nadie pero tu amigo Juan...
El día 5 Juliana fue con su padre Anastasio a escuchar misa en Santa Quiteria.
-Mira Juliana, ahí siempre se sentaba Juan y nadie se sienta por respeto. ¡Qué pena!
-Pues ¿sabes papá que...
Durante los días 6 y 7 Anastasio lo habló con su mujer mientras que Juliana, Paco, Manolo y Pascual ya lo habían hablado con otras cinco personas o más.
El día 8 tuvo lugar la última corrida de toros y Antonio fue con Fulgencia a verla. Todo el mundo le miraba y él no comprendía por qué. El torero se marcaba una gran faena mientras la gente no paraba de girarse a mirar a Antonio con cara de desprecio.
Los vendimiadores esperaban sentados en la calle en la madrugada del día 9 de septiembre. Su acento andaluz seseaba en el ambiente y el fuego de las farolas iluminaba las calvas de un séquito que caminaba por las callejuelas del pueblo. Se pararon delante de una casa y llamaron a la puerta. Apareció Antonio, ojeroso y con pijama, y casi se le para el corazón cuando vio que quienes llamaban eran el regidor, el juez, un sastre, un albañil, un cura y un carnicero.
A las siete y media de la mañana, el pueblo ya estaba despierto. El Sol soltaba unos cuantos rayos avisando de que estaba a punto de amanecer. Una gran multitud se congregaba en la plaza de Palacio. Unos lloraban, otros clamaban venganza. El juez dio su veredicto, el regidor lo firmó, el albañil hizo una torre, el sastre tejió una soga resistente, el cura rezó varios padrenuestros y el carnicero puso la soga alrededor del cuello del ajusticiado.
Antonio agonizaba colgado de la soga. Con la cara tan roja como sus ojos, la última visión que tuvo fue a una Luna sonriente que desaparecía devorada por la claridad del Sol.

