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domingo 9 de septiembre de 2007
TRIBUNA: LOS RETOS DE LA TRADUCCIÓN LITERARIA
Traducciones, 'pachinkos' y karaokes
Miguel Sáenz
ILMA RAKUSSA, nacida en la antigua Checoslovaquia, educada en Budapest, Liubliana y Trieste, traductora al alemán del francés, el serbocroata, el ruso y el húngaro, profesora en Zúrich y, sobre todo, poeta, dijo una vez que si la traducción no fuera una aventura habría renunciado a ella hace tiempo. Yo estoy de acuerdo, pero habría que puntualizar que, muy saint-exuperianamente, se trata siempre de una aventura interior.
El traductor es un ser que vive en un mundo poblado de fantasmas y pasa mucho tiempo frente a su ordenador, lo que hace que, inevitablemente, reflexione sobre su quehacer. En los últimos tiempos se ha escrito tanto sobre la traducción en España, que hay que preguntarse cuándo encuentran los traductores tiempo para traducir. Y las metáforas que describen su ocupación proliferan. Una de mis favoritas fue muchos años la del imitador de voces bernhardiano: el traductor es un artista capaz de imitar cualquier voz, salvo la propia. Luego me fascinó la imagen del intérprete musical, que explica muchas cosas de ese proceso misterioso, mezcla de inspiración y habilidad. Recientemente he llegado a la conclusión de que la traducción se parece al karaoke. El traductor canta las canciones de sus ídolos, disfrutando de cinco minutos de fama y sintiéndose artista.
Placer solitario se la ha llamado..., pero traducir hace también que el traductor conozca gente, sobre todo a esos seres absurdos llamados escritores. Mi escala en materia de relaciones traductor-autor oscila entre el cero absoluto, cuyo prototipo fue Thomas Bernhard (el traductor es un ser incompetente que hace un trabajo merecidamente mal pagado) y Günter Grass, para quien sus traductores son, como ha dicho a veces, la verdadera razón para seguir escribiendo. Entre ambos extremos yo situaría a Salman Rushdie, que jamás se inmiscuirá en las traducciones de sus libros pero responde en veinticuatro horas cualquier consulta... Rushdie escribió sobre Hitoshi Iragashi, su traductor japonés asesinado: "La traducción es una especie de intimidad, una especie de amistad, y por eso lloro su muerte como lloraría la de un amigo". El resto de los escritores se sitúa a alturas diversas. Un DeLillo, por ejemplo, estaría cerca de Grass; un Kundera, más próximo a Bernhard, aunque con pretensiones de entender de traducción.
Probablemente, los casos más desesperados son los de los escritores que conocen el idioma al que son traducidos, pero no lo suficiente. O, peor, los de aquellos que tienen esposos/as, discípulos/as, familiares, amantes, etcétera, "nativos". Éstos suelen considerarse autorizados a meter baza, sin darse cuenta de que para traducir no basta conocer dos idiomas sino que hay que saber tender puentes entre ellos. Hay autores que han hecho enloquecer literalmente a su traductor: Robert Coover, Anthony Burgess...
No obstante, aunque, como es lógico, siempre he tomado partido por los traductores, últimamente empiezo a entender también la angustia del escritor vertido a un idioma que desconoce. ¿Cómo puede saber que no está siendo ridiculizado, trivializado o simplemente destruido? Dos testimonios recientes parecen evidenciar ese terror: el de Lawrence Norfolk (Ser traducido o el pelo de la Virgen) y el de J. M. Coetzee (Hablando en varias lenguas).
¿Es la traducción realmente un karaoke? Quizá tenga más de pachinko, ese juego japonés de bolitas brillantes que, lo mismo que las palabras del traductor, se lanzan al espacio para que encuentren -o no- su acomodo. ¿Es traducir un juego de azar tan adictivo que puede permitirse el lujo de recompensar con chucherías a quien lo practica? En las salas de pachinko el ruido es indescriptible; en la habitación del traductor puede resultar atronador el silencio.
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