Alfredo:
Tío, al final tenías razón. Todas esas historias que me contabas de pequeño, que los cuentos de hadas y eso. Que son mentira decías, ¿no? Tío, esto es todo una mierda. Ya casi no me quedan amigos y necesito que alguien me escuche porque necesito desahogarme, tan sólo desahogarme. Desparramar todas estas palabras en un trozo de papel porque ya no me quedan lágrimas con las que destruir los pañuelos que compré con ella en el mercadona. He vuelto al rincón de mi habitación desde el que se oye la televisión ya que mi dormitorio está junto al salón y aquí mis padres nunca se enteraron de lo llorón que soy. En fin. Mira, escucha:
La conocí el primer día que llegué al trabajo. Estaba nervioso, confundido, como todos cuando llegan a la oficina por primera vez. Con un buen traje, con su buena corbata, camisa y con el pelo engominado, me encontraba haciendo fotocopias cuando sentí como alguien por mi espalda me pellizcaba el cuello. Un escalofrío me recorrió medio cuerpo y el otro medio se quedó paralizado al verla.
-Con que tú eres el nuevo de administración, ¿no?- Sus palabras olían tan bien que casi me dejan sin aliento.
-Errrmmm, ¡sí! Ese soy yo. ¿Y tú te llamas?- Y yo por supuesto tan convincente y confiado.
-Sonia, me llamo Sonia.
Y nos quedamos tres horas charlando de forma muy animada. Al final me envalentoné y la invité a cenar esa noche. Me dijo: “sí, vale, por qué no”. Cuando el sonido de la ‘s’ llegó a mi cerebro (el sonido ‘í’ todavía andaba surcando el aire) el dedo meñique de la mano izquierda tembló (es un tic que tengo) y lo hizo tan rápido que el brazo dio un latigazo y tuve que seguir hablando no fuera a ser que ella preguntara que qué me pasaba.
Me preparé concienzudamente. Me vestí con unos pantalones negros, una chaqueta negra y una camisa verde pistacho sin corbata. Me eché gomina y fui a esperarla donde habíamos quedado. Imagina cuál fue mi sorpresa al verla venir en chándal a decirme que se le había olvidado y que ya había cenado, y que si quería podíamos ir a tomar algo, y que si tal, y que si cual. Yo le respondí que en el fondo tampoco tenía muchas ganas de salir, así que me fui para casa. Menudo chasco. No tenía ganas de volver a verla....
... Pero no había más remedio, trabajamos juntos. Pasaron los meses y con ellos aumentaron mis ganas de conocerla. Llegó abril y con mayo vino junio. Cada día la ropa que traía era menos ropa que el día anterior. Cada paso, cada ir con su cada venir de sus tobillos, sus muslos dibujados en el gimnasios su.... sus.....su....su....
su palabra de honor que.... y el millón de estrellas marrones que punteaban su pecho y sus ojos negros y su pelo marrón con mechas rubias estropajo, y....
La empresa decidió celebrar la llegada del estío así que montó un fiestorro. Lo típico, lo primero una cenita modosita en la que todos masticamos con la boca cerrada y nos pusimos la servilleta encima de las piernas; para luego pasar al vinazo y terminar bailando todos los empleados encima de la mesa con las corbatas en la cabeza y ellas con los tacones en las sillas. Borracho, con la corbata en la cabeza (y mi dignidad por los suelos), la miré fijamente y comencé a acercarme. Caminé por la mesa unos diez metros. Me quité del medio a Rodríguez, que intentaba tirar de la mesa a Manzaneque el cual trataba de ligar con Sara que estaba casada con Joaquín Martínez que la acompañaba y no aguantaba el equilibrio porque Sonia le había echado pastel por donde él pisaba y estaba a punto de escurrirse. Aguanté la respiración y sin dejar de mirarla, el momento que ella dejaba de reírse por la caída de Joaquín y me miraba también fijamente, le tomé la barbilla con el índice y el pulgar de mi mano derecha, le coloqué mi mano izquierda en la cintura, todo esto sin dejar de mirarla, le acaricié la mejilla, me acerqué, y en ese momento, en el que tenía mi mano en su mejilla, la otra mano en su cadera, mi boca a 10 centímetros de la suya y avanzando... en ese momento, en ese momento, EN ESE MOMENTO!! En ese momento ella me quitó la mano de su mejilla, me quitó la mano de su cadera, me abrazó por el cuello con la fuerza de mil titanes y me metió la lengua hasta el estómago. No sabía si era bueno o malo, lo único que tenía en cuenta era que casi no podía respirar. Aún así, ahí empezó la que todavía creo que fue la mejor época de mi vida....
(PERDONA ALFREDO SI TE DEJO LA HISTORIA A MEDIAS PERO ES QUE LOS FOLIOS QUE FALTAN LOS DEJÉ ENCIMA DEL CHARCO DE LÁGRIMAS QUE TENGO AQUÍ A MI LADO Y LA TINTA SE HA EMBORRONADO. LO SIENTO PERO ES QUE NO PUEDO ACORDARME DE TODO LO QUE HE ESCRITO)
mientras le gritaba que por favor le diera más y más. Yo me quedé en la puerta horrorizado y petrificado. Mientras con el dedo pulgar le daba vueltas a mi alianza, mi mirada le dijo a Sonia que pedía a gritos una respuesta. Ella me gritó que qué hacía ahí parado, que si no me daba cuenta de lo que pasaba, que ella necesitaba vivir su propia vida y eso, que yo le había destrozado la vida (¿pero cómo?). Mientras tanto, el tiparraco ese me miraba como diciendo ‘¡soy cojonudo, me tiro a casadas!’ y no despegaba su oreja de las manchas marrones de su pecho. Sus tobillos serpenteaban por el colchón, sus rodillas se vislumbraban de entre las sábanas flotando en el aire, un pezón se le veía y en su cara había una mezcla de felicidad, culpabilidad, malicia, odio, ternura, agresividad y yo qué sé más. Me estaba fijando aterrorizado en todas estas cosas cuando ella gritó:
-¡FUERA!
Y me fui como un lobo castrado con la cola entre las piernas. Corrí por las calles de la ciudad como si le hiciera competencia al viento. Corrí más y más hasta que quedé exhausto con la mente tan cansada que no tenía ni ganas de pensar. Me senté en un árbol, con el sudor corriendo por la punta de mi nariz, viendo pasar a la gente que va de aquí para allá al mediodía. Me quité la chaqueta. Me aflojé la corbata. Me desabotoné dos botones de la camisa. Me levanté. Puse los brazos en cruz pero un poco arqueados. Cerré los puños. Cerré los ojos. Puse mi cabeza mirando hacia arriba. Abrí los ojos. Pegué un grito de rabia e ira contenida que incluso los pájaros salieron huyendo.
Entonces decidí llamar a Humberto, a Darío o a Antonio. Humberto no me cogió la llamada, con Darío me saltó el contestador y cuando llamé a Antonio, sus padres me dijeron que se había marchado con Humberto y Darío a hacer negocios por Portugal.
Así que no había nada que hacer. Me volví a casa de mis padres y aquí me tienes, en mi dormitorio de siempre, en mi rincón de vez en cuando.
No sé como he podido ser tan bobo. Me he dado cuenta de que la había idealizado totalmente y de quien era en realidad. Cada paranoia que tenía yo la confundía con que tenía personalidad; todos sus caprichos con que era muy coqueta; sus locuras con que era muy graciosa. He perdido todo por culpa de una mujer, de una mala mujer. ¿Por qué siempre me tiene que pasar lo mismo de estar con alguien que yo creo que es alguien que no es? No lo entiendo, para nada. Pero lo he perdido todo. Me tenía tan sumamente absorbido que dejé de lado lo demás. Hay que ser fuerte, nunca es tarde para aprender de las equivocaciones y hoy, después de llorar hasta casi reventar los ojos, sé que tengo que salir de mi rincón encharcado, reconquistar a los amigos que me quitó la mujer esta, y volver a ser feliz como no lo he sido en los tres últimos años.
Espero que desde cualquier lugar de Santiago de Chile alguien me haya leído. No hace falta que me respondas.
Tu querido primo:
XXXXX

3 infraliteratos han escrito sobre este artículo:
Curioso cómo toda nuestra existencia para una persona queda definida por un único hecho, a menudo aislado. Todo lo bueno o malo que hayamos hecho hasta ese momento queda borrado o, como mínimo, reinterpretado. A pesar del dolor, ¿somos capaces de juzgar en justicia?
Me ha gustado tu blog. Te enlazo.
Bueno, yo sólo quería contar que nunca puedes saber lo que te va a hacer alguien, que no se debe idealizar a nadie ni dar de lado a unos por otros.
Y yo creo que sí, que hay hechos aislados que justifican muchas cosas.
Un saludo
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